Cuando “la mierda de grupo” acabó de tocar y mientras se preparaban los villamartinenses de Noviembre para actuar, el pinchadiscos de las Carpas puso una dosis de esa música que le gusta a este tipo de gente: una versión reggaeton del ya infumable sin versión “te estoy amando locamente”. Inmediatamente, a esos pequeños tiranos se les cambió la cara y se pusieron a bailar al ritmo de aquella música de baja estofa, y contentos que una vez más, de la misma manera que habían aprendido en sus casas, se hacía lo que ellos querían.
En vista de la efusividad y alborozo que mostraba la mayoría del público por el cambio de registro musical el representante de la Asociación Akople, el grupo Noviembre (que le tocaba cerrar el festival) y el concejal de Cultura, decidieron que era mejor dejar la actuación del grupo para otro día y para otro público más selecto antes de que aquella adocenada mayoría educada en la violencia y en el “aquísehaceloqueyodigo” formara el dos de mayo y convirtiera una noche agradable en una triste batalla intergeneracional.
Está claro que algo se nos está yendo de las manos. Es preocupante que la mayoría de los integrantes de una generación está creciendo sin haber leído nada en su vida, sin haber escuchado buena música, sin haber visto una buena película, con un vocabulario mínimo, de parvulitos, con un cerebro subdesarrollado e infradotado, de no ejercitarlo y desprovistos de toda empatía. Eso lo mezclas con que no sólo no se les ha educado sino que además, como guinda del engendro, se les ha regalado una moto con el escape recortado. Y tenemos lo que tenemos: un choque cultural entre dos generaciones irreconciliables. Lo del sábado en las carpas parecía una película de serie B, de esas dobladas en sudamericano, en la que una población se ve invadida por zombis, o por extraterrestres o por ultracuerpos. Un sentimiento parecido se vivió allí. Primero se cortó el concierto de rock para dar rienda suelta al reggaeton de los c., después la “población civil” fuimos escabulléndonos de aquel lugar simulando ser uno de ellos, para que no se dieran cuenta.
Y los pequeños tiranos se quedaron allí, con su limitada cultura, su limitado cerebro y su limitada educación al ritmo de esas canciones que no pasan de una frase repetida hasta la saciedad por otro subnormal que tampoco ha acabado la ESO.
El rock no pudo con el reggaeton, la gente del rock no quiso enfrentarse con la gente del reggaeton. O quizá la cosa es más sencilla: que no está hecha la miel para la boca de los cerdos.
Javier Vidal